Añoranzas y mitologías de las revueltas del 68
Federico Müggenburg
domingo, 25 de mayo de 2008
Pasada más de la mitad del mes de mayo, parece estar bastante deslucido en París el XL aniversario de los trepidantes acontecimientos ocurridos allí en el mes de mayo de 1968, que después tuvieron repercusiones en todo el mundo, en donde por “emulación” y en otros casos por “oportunismo”, se utilizaron como pretexto para replicarlos, aunque fuera para fines distintos.
Este es un tema que no se agota con una sola reflexión. Lo estaremos observando al menos hasta fines de octubre. Parece oportuno darle un marco de referencia dentro de lo que fue un tramo amplio de la historia y la vida humana, al que se llamó “la guerra fría”.
Este tiempo abarca todos los acontecimientos ocurridos entre 1945 y 1990. Son los 45 años ubicados entre la Reunión de Yalta y la Reunión de Malta. Desde Yalta se recuerda la célebre fotografía en la que aparecen sentados el primer ministro británico, Churchill, el presidente norteamericano Roosevelt, y el déspota soviético Stalin. Faltó, por Francia, De Gaulle, quien aún pugnaba por ser reconocido como el líder de todos los franceses.
En la reunión, en febrero de 1945, se hizo el “reparto” del botín que toda guerra trae siempre consigo para los ganadores, no sólo de territorios, sino también de prebendas políticas y económicas. En Malta, con la reunión celebrada a fines de noviembre de 1989 entre Bush (Sr.) y Gorbachov a bordo de un enorme portaviones mecido por el fuerte oleaje causado por una tormenta, el líder soviético anunció su rendición ante las dos agotadoras carreras –armamentista y espacial–, cuya consecuencia dejó exhausto y en condiciones miserables al pueblo ruso, que la “guerra de la propaganda” no pudo ocultar.
El tremendo drama de la explosión de la planta nuclear en Chernobil, el formidable empuje del sindicato “Solidarnosc” en Polonia, y el carisma del Papa Juan Pablo II, crearon condiciones auténticamente irreversibles para la permanencia y continuidad del autoritarismo soviético.
Estos largos 45 años se pueden subdividir en tres periodos políticos: de 17 años, 11 años y 17 años, cada uno. El primero, de la reunión de Yalta (en febrero de 1945) a la crisis de los “misiles” soviéticos en Cuba (en octubre de 1962), se caracterizó por la configuración del sistema de bloques, la bipolaridad este-oeste, la confrontación, la descolonización de los viejos imperios europeos en Asia y África, y el surgimiento de los “no alineados”.
El segundo, de la solución de la crisis de los misiles (en 1962) a la sorpresiva duplicación de los precios del petróleo (en octubre de 1973). Se inicia la “coexistencia pacifica” krucheviana, la “distensión” gaullista, la “öestpolitik” brandiana, y el “aggiornamiento” conciliar, que son los términos clave del periodo, además del inicio del “diálogo norte-sur”, de la factura francesa giscardiana, así como la aparición del “tercermundismo”.
El tercero, de la vigencia de la duplicación de los precios del petróleo (en octubre de 1973) a la cumbre de Malta a fines de noviembre de 1989. Se caracterizó por la multipolaridad. Washington y Moscú dejaron de ser los únicos aparentes centros decisorios; surgieron Londres, Tokio, el eje París-Bonn y Pekín. Pronto se perfiló, con precisión una tripolaridad con Tokio como cabeza de Asia, la Unión Americana como cabeza de América, y Francia-Alemania como cabezas de la Unión Europea (eran 12 naciones).
Vino entonces la ansiedad bélica y las cumbres para el desarme y la paz, significadas en los acuerdos “Salt I y II”, y después los “Start I y II”. Luego, llegó el tiempo de las reprivatizaciones y la “desaparición” o “desvanecimiento” del comunismo soviético.
Sin embargo, otro hecho marcadamente socio-cultural con efectos políticos inevitables surgió exactamente a la mitad de la guerra fría. La explosión social juvenil de mayo de 68 en París, equidistante 22 años y medio de Yalta y de Malta, pronto se convirtió en un “símbolo atractivo” para otros.
Los jóvenes universitarios, de conciencia gregaria prototípica, expresaban el aparente o real rechazo al “socialismo burocratizado” en el este, y a la aparición del “autoritarismo tecnocrático” en el oeste. Lamentablemente, fueron envueltos en y por la nueva ideología del “Marx joven”, simbolizado en figuras mediáticas atractivas como Daniel Cohn-Bendit, Jacques Sauvageot, Alain Geismar, y Jean-Pierre Duteuil.
En otros países los imitaron, incluido Estados Unidos, a lo que contribuyó la ideología de la llamada “escuela de Frankfurt”, en ese momento liderada y caracterizada por Herbert Marcuse, y el pesado lastre del síndrome de la derrota americana en Vietnam, con la implantación y el desarrollo de los antivalores encarnados en “el pacifismo y el permisivismo de las drogas y la promiscuidad sexual de los hippies y los strippers”.
También en México las facciones priístas usaron el efecto publicitario de aquellas imágenes juveniles para romper las “reglas no escritas de la familia revolucionaria”, y forzar el “dedo” de Díaz Ordaz para que “destapara”, a cambio de “la paz”, en vez de a Martínez Manatou, a Luis Echeverría, cuya familia –esposa e hijos– estaban involucrados absolutamente en las violentas acciones callejeras organizadas desde el 23 de julio, en la Plaza de la Ciudadela, hasta el 2 de octubre, en la Plaza de las Tres Culturas, con el saldo trágico que todos conocemos.
Habrá tiempo próximamente para reflexionar sobre el “mito” que se pretende construir con los ahora llamados “luchadores sociales”, que se consideran falsamente “precursores” de la incipiente democracia que empezamos a vivir. ¡Nada más falaz!
Tal vez algunos pugnaban por derribar el “autoritarismo priísta”, mas la mayoría lo hacían para instalar otro peor: el “autoritarismo marxista”. Basta repasar las fotos de las efigies, los lemas, las consignas y las mantas, para ver quiénes eran sus “héroes y modelos”, además del signo ideológico del soporte mediático que recibieron.
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Octavio Islas
Octavio Paz, a quien Federico -hijo de un entrañable profesor del Colegio Franco Inglés- por lo menos algún respeto le merece, en Posdata afirmó que 1968 fue un año axial. Tal calificativo por supuesto se extiende a México. Imposible separar nuestra incipiente transición democrática de la revuelta popular estudiantil de 1968.



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