La Coctelera

Fidel, que Dios te perdone y aprendamos
José J. Castellanos

La Castrista es la típica revolución que derriba un gobierno para instaurar otro peor. Desde las montañas, como en la visión que tuvo San Juan Bosco, bajó un barbudo vestido de verde con imágenes religiosas en el pecho. Fulgencio Batista había dejado de ser funcional para los Estados Unidos –como en su tiempo dejó de serlo Porfirio Díaz–, y a pesar de su raquítica guerrilla, entró triunfante a la Isla.


Ex alumno de los jesuitas, y frustrado asaltante del Cuartel Moncada, Fidel Castro respondió a la ilusión que muchos ingenuos suelen tener respecto de esas revoluciones –como la Sandinista que logró el arrepentimiento de quienes habían dicho después de Somoza, cualquier cosa–. No tardó mucho tiempo en revelar su verdadero rostro y su filiación comunista.

Hubo, sin embargo, quienes dijeron que él no era comunista, pero los norteamericanos los habían empujado. El museo de la revolución desmiente dicho mito al recoger el carnet juvenil de Castro como miembro del Partido Comunista.

Miguel Ángel Quevedo, director y propietario de la revista Bohemia, representa en la historia de Cuba, por confesión de él mismo en carta a Ernesto Montaner, el ejemplo típico de idiota útil que colaboró con su propia destrucción y de la libertad de prensa, así como de los derechos humanos en la isla. Publicó el 26 de julio de 1958 el “Manifiesto de la Sierra”, y editó un millón de ejemplares el 11 de enero de 1959 para apoyar a Fidel. Más tarde, reconoció cómo, cegado por el odio, había sido culpable junto con los empresarios que financiaron la guerrilla, los sacerdotes rojos que enviaron jóvenes a la sierra, los demagogos que propusieron su amnistía, y los legisladores que la aprobaron, los abstencionistas y los cerrados a las negociaciones, en fin, junto con el pueblo cegado por el odio, que propició la revolución que habría de devorarlos y aún mantiene a Cuba en una prisión rodeada de agua, con otras prisiones peores en su territorio. Ese triste panorama fue el que llevó a Quevedo, en agosto de 1969, a suicidarse.

En particular, resulta aleccionador lo que dice Montaner de sí mismo como periodista, y los colegas que “llenaban mi mesa de artículos demoledores, buscadores de aplauso, halagados por la plebe”, que se convirtieron en enemigos de toda autoridad: “no importaba el Presidente ni lo que hiciera por el Pueblo de Cuba, había que atacarlo”. Por eso, dijo Quevedo, Fidel es resultado del estallido de la demagogia y de la insensatez.

Quevedo esperaba que su suicidio sirviera para que los periodistas no vuelvan a decir jamás lo que las turbas incultas y desenfrenadas quieran que ellos digan, para que la prensa no sea más un eco de la calle, sino un faro de orientación para esa propia calle. Para que los millonarios no den su dinero a los que los despojan de todo, y los anunciantes no llenen de anuncios a los medios llenos de infamia. En fin, para que el pueblo recapacite y no escuche más a los voceros de odio.

Sin embargo, esa fue una muerte inútil, pues no sólo en su tiempo los medios de comunicación hicieron loas y eco sistemático a Cuba, y se creyeron el mentiroso letrero del aeropuerto de La Habana: “Cuba, primer territorio libre de América”; sino que han imitado el triste ejemplo del Director de Bohemia, impulsando revoluciones aquí y allá, para terminar devorados, muchos de ellos, por esos mismos procesos que con mentiras, amarillismo y demagogia, impulsan para halagar al pueblo, incrementar sus tiradas, y declararse de avanzada.

Es fácil detectar aquí, en México, a los columnistas, analistas y politólogos que han sido comparsas de políticas de odio que se están sembrando en nuestro territorio, con consignas semejantes a las que Fidel esparció en Cuba con los resultados que ya conocemos y que son innegables, a primera vista, por todo el que visita la isla y quiere ver.

Fidel, dizque retirado, se aferra a las últimas migajas de poder. Pero pese al mal que ha hecho, aún hay motivo de esperanza. Como alumno de escuela religiosa, seguramente hizo los nueve primeros viernes, y para quienes los hacen con devoción, existe la promesa de que no morirán sin auxilio espiritual. Por eso, ahora que camina aceleradamente hacia la muerte, lo único que puedo desearle es que Dios lo perdone. Para todos, como enseña Benedicto XVI, hay esperanza. Quizá el encuentro con Juan Pablo II sea, finalmente, un motivo de reencuentro con la fe de su niñez.

Y para México, ahora que se siembra odio y confrontación, espero que a tiempo aprendamos la lección en el sufrimiento de un pueblo hermano.

----------------------------------

Opinión Octavio Islas

Una perla más del "arte" y la "filosofía Abascal".
El retoque a la fotografía de Fidel, sin duda alguno resulta muy ilustrativo.

Los comentarios están cerrados