La música un caldo de cultivo del ’68
René Mondragón
No se necesita ser musicólogo conocedor ni apasionado melómano como Don Jaime Almeida, para identificar la influencia psicosocial y por ende, cultural que la música popular –rock, punk, heavy metal, rap, funk o folk, en particular- ejerce en nuestra juventud, durante la propia y la de hoy.
Ha sido un fenómeno, de siempre, que plantea modelos, concepciones diversas sobre la vida, la forma de ver las cosas cotidianas; y que querámoslo o no, va transformando la visión individual, las creencias e incluso las costumbres de un pueblo.
Visión de vida desde la música
Durante el período “pre-cámbrico postmoderno”, cómo no recordar a Los Panchos, con “Perdida”. A la Sonora Santanera con su “amor de cabaret, que se paga con dinero”; su “Aquí estoy entre botellas, ahogando con el vino mi dolor”. La famosísima “Santa” de Agustín Lara; e incluso, “…cuando de nada nos sirve rezar, caminante no hay camino….” que popularizara Joan Manuel Serrat.
“Amorcito corazón”, interpretada por Pedro Infante, se volvía obligada referencia para señalar las enormes desigualdades sociales y diferenciar a “Nosotros los pobres” de “Ustedes los ricos”.
Un poco más cerca –pero alejándonos suficiente del análisis letrístico y literario- habrá que traer a la memoria los “zapatos viejos” de la señora Trevi; que ahora al ponerse tacones “…se vistió de reina y sintió que era bella…”, porque al final todos la amarán.
Desde luego, se requieren luces especiales y un coeficiente intelectual modelo Einstein, para comprehender –en un ejercicio filosófico riguroso- algunos conceptos como “pásame la botella”; “dame más gasolina” o “de reversa mami”, al sincronizar las habilidades dancísticas a través de un reiterado “agachaíto, agachaíto”; sumado a la repetición exponencial de visiones metafóricas como “el gato volador” y “yakuzá, yakuzá”; agregados hoy y aderezados, con la cultura del búfer y las bazucas para disfrutar, durante kilómetros, la cultura de “punchis, punchis”.
Un paso al más acá
No me cabe la menor duda de que la música, en cualquiera de sus géneros, posee una influencia social de pensamiento, palabra y obra en quienes la padecen o simplemente la escuchan y disfrutan. Dirá usted si no.
Después de que las niñas y los niños mezclan la Marcha Triunfal de Aída o el Cánon de Pachabell para recibir su pergamino de reconocimiento, en un “Acto Académico” solemnísimo para el cual se enfundan sendas togas y birretes, la otra parte, el acto ya no tan académico, se transforma en generalizadas ocasiones, en verdaderos aquelarres, danzas jíbaras, rituales suahilis o tambores de guerra, de los que usted puede esperar que llueva en seguida o, como decía mi abuela, que cuando menos a alguien se le “descuajaringue” el libro, el buche, la nana o el cóccix de perdida. Y si al lector le resulta un poco excesivo, verifique por favor los intentos de suicidio al no saber en dónde quedan las cervicales que se entremezclan con el fémur, los huesos parietales y los metacarpos después de un movimiento de cintura al estilo de Shakira.
En efecto, la música ejerce una influencia indudable. Los movimientos sociales de 1968 no fueron excepción. En Praga, Francia, España, Estados Unidos y México, la música funcionó como un caldo de cultivo para las diversas manifestaciones de rebeldía, de actitudes contestatarias a los valores, estructuras familiares y modelos de la sociedad en ese entonces.
¡Qué tiempos aquellos, Señor Don Simón!
James Dean proponía a los jóvenes el formato de los “Rebeldes sin Causa”, mientras los adultos seguían suspirando con Clark Gable en “Lo que el viento se llevó” y las señoras con “Casa Blanca”, tratando inútilmente de que sus maridos engolaran la voz como Humprey Bogart. Después, iniciada la década de los cincuentas, un muchacho de Memphis –Elvis Presley- sería vetado –como dice Catón, por la “Pía Sociedad de Sociedades Pías”- por la sensualidad, locuacidad y sensualidad que proyectaba en su forma de bailar en el video clip del Rock de la Cárcel. De ahí que sus críticos le llamaran “Pelvis Presley”. Mientras que unos no le daban más de un par de años al rock and roll, los jóvenes se sumaban al atractivo marketing para convertir a Elvis en “El Rey”.
Luego de la decadencia de los primeros ídolos del rock and roll a finales de los años 50, la estafeta la tomaron los artistas de color, quienes a principios de los 60 pusieron a bailar a todo mundo con su sonido Motown, una celebración de R&B, soul y funk. De esa oleada de artistas se recuerdan, entre muchos otros a The Supremes, The Marvelletes, The Shirelles, Marvin Gaye, Stevie Wonder y el padrino del funk, James Brown, que le dieron un nuevo sentido a la música pop… . Y los conceptos empezaron a cambiar.
“Stop in the name of love” de Las Supremas o “Please, please” cantada por James Brown, empezaron a cargar al amor entre hombre y mujer, de un nuevo contenido, mezclado en algunos casos con el gospell de Stevie Gonder. El paso ya estaba dado. La llamada “ola inglesa” proporcionó un giro insospechado en los modelos psico-sociales de los que los jóvenes fueron receptores. El mundo entero vibró a ritmo de The Kinks, The Animals, The Who, The Zombies, The Shadows, The Hollies y, por supuesto, con The Beatles y The Rolling Stones, las dos bandas más importantes e influyentes en la historia del rock.
“Tired of waiting” de Los Kinks, abordaba el hastío y los desencuentros del amor entre hombre y mujer; en tanto que Erick Burdon vocalista de Los Animales, también causaba un verdadero escándalo social con “The house of de raising sun”, al introducir una especie de “lucha generacional” al señalar la ocupación de su padre como un “gambling man” y la de su señora madre en el negocio de la prostitución. John Lennon retomaría más tarde el mismo concepto al cantar “Mother, you have me, but I’ll never have you”. Mik Jagger con los Rolling Stones, abonaría otro tanto con “I can’t get no, satisfaction”.
El poder de los contenidos
La línea de protesta, rebeldía y oposición activa contra las estructuras establecidas y los convencionalismos sociales de la época, se debatían desde la música, proponiendo acciones alternativas. Pasada la mitad de la década,el rock ácido y la psicodelia se apoderarían de la escena y traerían un nuevo movimiento al rock, quizá el más trascendente y de gran repercusión social y cultural. Luego de que Bob Dylan decidiera dejar un poco el folk y electrificar su música, una gran generación de bandas estadounidenses empezaron a crear un movimiento que años más tarde desembocaría en la llamada “nación Woodstock”, un festival de tres días de duración que convocó a cerca de medio millón de personas.
Jimi Hendrix -considerado como el mejor guitarrista de rock de todos los tiempos-, Janis Joplin, The Doors, The Jefferson Airplane, The Greateful Dead, The Byrds, Country Joe & The Fish, se volvían parte de un nuevo estilo de vida; de una generación que abanderaba el “Peace and Love”, entremezclando su protesta con un extraño y curioso hermanamiento con un prójimo o prójima, que quisiera igualmente “hacer el amor”, desnudarse, tatuarse, aficionarse a las drogas. Cualquier mecanismo sería igualmente útil para manifestarse en contra de lo establecido por una generación de viejos crapulosos. El festival de Avándaro en México, sería el remedo comercial de Woodstock.
La agitación y efervescencia social asumirían nuevas formas, sobre todo a partir de un concierto gratuito que The Rolling Stones ofrecieron en Altamount, California, en donde un joven de raza negra fue cruelmente acribillado y asesinado por la pandilla de los Hell's Angels –los Ángeles del Infierno- paradójicamente contratados por los Stones para encargarse de la seguridad.
Los nuevos íconos
Jimi Hendrix y Janis Joplin, dos símbolos de la generación de los 60, mueren a causa de una sobredosis. En ese mismo año, Paul McCartney anuncia oficialmente la separación de The Beatles; el grupo que, como alguna vez dijera Lennon, era casi tan popular como Jesucristo. Un año más tarde, Jim Morrison, cantante de The Doors y uno de los principales iconos visuales y sex symbols de la historia del rock, muere también de sobredosis.
El rock experimenta su masificación y el establecimiento de la parafernalia visual en grandes escalas en los conciertos. Led Zeppelin reinará a lo largo de la década, y detras de ellos vendrán The Rolling Stones y Pink Floyd, con espectáculos realmente impresionantes. El heavy metal, el hard rock y el glam rock se apoderan del gusto de las masas, por lo que grupos como Deep Purple, Black Sabbath, Queen, Kiss, Bad Company viven para entonces sus momentos de gloria.
Nuestra invitación
La limitación de espacio nos obliga a abandonar provisionalmente el tema. Lo que nos parece relevante para el objeto de esta colaboración, es que, indudablemente, la propuesta de aquella música de los años 60; el contenido letrístico de las canciones de moda; la enorme estrategia de mercado realizada hasta entonces –Brian Epstein, manager de Los Beatles, nos parece un ejemplo elocuente- y el modelo de indumentaria, contenido existencial, lecciones de vida y forma de conceptualizarla, no hay duda alguna, constituyeron la apropiada coyuntura para que las ideas disolventes de las izquierdas sesenteras, encontraran el mejor caldo de cultivo para movilizar a los jóvenes y a la sociedad en su conjunto.
1968 resultó un parteaguas indudable. Habrá que distinguir entre la auténtica exigencia de libertades y democracia demandada por los jóvenes de entonces; y el abanderamiento de causas supuestamente populares, que favorecían la lucha de clases, la exclusión, la falta de diálogo y la violencia como método. Sobre el tema, me parece necesario invitarle a usted a reflexionar e investigar con más detalle. ¿Sale y Vale?
Cfr. http://www.noticiasdot.com/
Opina Octavio Islas
Hoy definitivamente amaneció inspirada la imaginación reaccionaria.
Castidad, la contribución del rock en la perdición del alma y la perversión del espíritu.
¿Por qué observan estridente silencio en temas como los abusos cometidos por sacerdotes a menores?
De ello deberían efectivamente deberían ocuparse -y preocuparse también-.
Los objetos de fijación de los apologetas de la doble moral naturalmente resultan selectivos.



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