Carlos Astudillo
"En 1847 México tenía 26 años de vida independiente. Desde 1821, los mexicanos vivimos el horror de la guerra civil, el hambre, las enfermedades y la pobreza. Pero sobre todo, padecimos a los políticos corruptos, desleales, de ignorancia supina y enanos de espíritu, que se disputaron el poder sin importarles la suerte de la Nación. Ese año colmaron su cuota de ineptitud y crimen, vendiendo a la Patria al invasor extranjero y traicionando la sangre derramada por los patriotas en defensa de México.
Tiempo atrás, Antonio López de Santa Anna, en ese entonces Jefe de la guarnición de Veracruz, recibió entusiasmado a Joel Poinsett el 19 de octubre de 1822. Agente especial de Estados Unidos para América del Sur, Poinsett era el mejor diplomático y espía que encontró su país para desestabilizar a la Argentina, Chile y México.
En su visita a México hizo grandes amigos, como Santa Anna y los liberales que buscaban el derrocamiento del Emperador Iturbide. También confirmó sus prejuicios: Poinsett era puritano, esclavista, republicano y liberal, así que detestaba a México, a sus orígenes étnicos indios e hispanos, a su religión católica, a sus instituciones políticas monárquicas, y sobre todo a sus, para él, diabólicas mujeres, cuya sensualidad ofendía profundamente sus castos ojos y oídos.
En su breve visita se entrevista con el Emperador Iturbide, quien le manifiesta que las instituciones norteamericanas no son adecuadas para la realidad mexicana. Iturbide contrasta notablemente con Poinsett: es guapo, adorador de las mujeres, buen jinete, valiente y simpático. También es católico, el libertador de México y su Emperador.
Poinsett regresará a México en 1825, cuando los mexicanos ya habían asesinado a Iturbide. Es recibido como ministro plenipotenciario de los Estados Unidos y propone comprar todo el territorio mexicano hasta el Río Bravo. Al ser rechazado por el ministro de relaciones exteriores, don Lucas Alamán, Poinsett funda en su casa una institución fundamental en la historia política de México: la masonería mexicana del Rito Yorkino. La Gran Logia de Filadelfia extendió un poder al buen hermano Poinsett, autorizándolo para fundar logias en México bajo la jurisdicción de la norteamericana. El ministro de Economía de México, Esteva, el congresista Ramos Arizpe, Lorenzo de Zavala y, but of course, el inefable Antonio López de Santa Anna, corrieron a ponerse bajo las órdenes del procónsul norteamericano. Como cereza del pastel, Poinsett colocó a Vicente Guerrero como Gran Maestre de la logia yorkina. Enfrente tenían la competencia de la masonería escocesa, con el patrocinio del embajador británico George Ward, quien no se quedó atrás de su enemigo Poinsett y colocó a Nicolás Bravo como Gran Maestre de los escoceses. Estados Unidos e Inglaterra competían por ver quien se quedaba con México. Sus logias masónicas lucharon entre sí con ferocidad por el poder en México. Nuestro país se debatía entre el odio y la más descarnada ambición por el poder.
Así llegamos a 1846, divididos, débiles, pobres, arruinados, pero con una casta política corrupta y voraz, con un ejército pequeño, mal aprovisionado y lleno de oficiales incompetentes y cobardes, más atentos a lo que les dictara su logia masónica que el interés de la Patria. Además, una población abrumadoramente campesina, sin educación ni propiedades, viviendo aislada en el interior del país, sin medios para participar e influir en la vida social.
Estados Unidos alentó la rebelión de los colonos norteamericanos en Texas, en 1836. Santa Anna malogró la brillante campaña mexicana: sobreponiéndose al frío, el hambre, el agotamiento y el abandono, los soldados mexicanos aplastaron varias veces a los rebeldes texanos, hasta que con su acostumbrada estupidez, Santa Anna les regaló a los texanos la derrota total en la batalla de San Jacinto. Uno de los amigos de Poinsett, Lorenzo de Zavala, liberal furibundo y ex gobernador de Yucatán, se convirtió en Vicepresidente de Texas.
La incorporación de Texas a los Estados Unidos desencadenó la guerra con México en 1846. Con un ejército muy numeroso, formado por regulares disciplinados e irregulares desordenados, con espléndidos oficiales, excelente artillería y muy buenos servicios de logística, los norteamericanos se enfrentaron a un ejército mexicano pequeño, formado por cuerpos regulares y algunas milicias locales (de todos los Estados de la Federación, sólo siete contribuyeron a la lucha contra el invasor, los demás se escudaron cobardemente en su status de “Estados Federales libres y soberanos” para argüir que la invasión americana no era asunto suyo). Teníamos pocos oficiales profesionales y pundonorosos, y muchos cobardes y traidores. Nuestra artillería era deficiente, de menor alcance que la norteamericana. No teníamos servicios de aprovisionamiento ni recursos económicos para sostener al ejército.
Para colmo, el partido liberal mexicano organizó un golpe de Estado para traer al poder a su caudillo favorito, Don Antonio López de Santa Anna, exiliado entonces en América del Sur. El gobierno de los Estados Unidos ordenó a su flota del Golfo que permitiera el paso libre de Santa Anna para que ocupara la presidencia de México, puesto que el caudillo jalapeño, fiel a su naturaleza canina, era un aliado inmejorable contra el cual luchar.
Santa Anna se las arregló para convertir cada victoria mexicana en derrota. Cada derrota la pagaron muy caro los oficiales del ejército que pertenecían a la masonería escocesa, enemiga de Santa Anna: Valencia, Xicoténcatl, Nicolás Bravo y los jefes de los batallones polkos pagaron, algunos con su vida, ser enemigos de los yorkinos.
Uno de los papeles más ridículos de la guerra lo ofreció el gran patriarca del partido liberal, Don Juan Álvarez. Este “héroe” exigió desde su cacicazgo tropical en Acapulco el derecho de formar un nuevo Estado, el de Guerrero, para acceder a participar a regañadientes en la guerra contra los Estados Unidos. También exigió el mando de nuestra caballería, que Santa Anna naturalmente le cedió. Así perdimos más de cuatro mil hombres que tuvieron que soportar las órdenes de Álvarez de no atacar nunca a los norteamericanos, bajo pena de muerte, y cuyo papel se limitó a servir de blanco a los cañones norteamericanos. Además, impidió eficazmente el ingreso a la ciudad de México de tropas mexicanas que llegaban para luchar contra los norteamericanos, como lo refiere el gran patriota liberal Mariano Riva Palacio, quien al mando de sus soldados fue detenido por Juan Álvarez y presenció desde Chalco la derrota mexicana sin poder hacer nada.
Santa Anna se dio maña para acabar con sus enemigos políticos escoceses: a Valencia, serio aspirante a la presidencia de la república, lo abandonó cuando la victoria era inminente en la batalla de Padierna. Santa Anna dijo que ese hijo de tal jamás ganaría una batalla contra el enemigo, pues eso lo convertiría en Presidente de México. Santa Anna se fue a Tacubaya a jugar boliche mientras las tropas norteamericanas, seguras de no ser molestadas por Santa Anna, aplastaron a Valencia.
En Churubusco Santa Anna logró que los norteamericanos destruyeran a nuestras tropas de élite, los irlandeses de San Patricio y los batallones polkos, al mando de oficiales escoceses como Pedro María Anaya.
En Chapultepec Santa Anna llamó cobarde al escocés Nicolás Bravo, héroe de la guerra de independencia y jefe de la posición. Le negó apoyo y mandó deliberadamente al resto de las tropas mexicanas a otros sitios, para que los norteamericanos cañonearan cómodamente Chapultepec y lo tomaran al asalto. Abandonó a su suerte al escocés Xicoténcatl, que con 400 hombres del batallón de San Blas luchó hasta la muerte contra miles de soldados del ejército invasor en las faldas del cerro. Santa Anna no tuvo empacho en presenciar también, sin socorrer, el sacrificio heroico de los cadetes del Heroico Colegio Militar, muriendo unos en defensa del Castillo y quedando los demás prisioneros.
El 15 de septiembre de 1847 la bandera de los Estados Unidos ondeó orgullosa en el Palacio Nacional de México. Días después, los principales líderes del partido liberal, como Francisco Suárez Iriarte, Manuel García Rejón y Miguel Lerdo de Tejada ofrecieron un banquete en el Desierto de los Leones al general Scott, jefe del ejército norteamericano en México, y a sus principales oficiales, para brindar por el triunfo de las armas norteamericanas, la consolidación de las instituciones liberales en México y la anexión de la mitad del territorio mexicano a los Estados Unidos.
No cabe duda, los acontecimientos del amargo septiembre de 1847 confirman que el buen hermano Poinsett hizo bien su trabajo".
* Director de FUNDICE
Opinión Octavio Islas
Para la derecha, la gran conspiración contra México dio inicio con la llegada de Joel R. Poinsett, primer ministro plenipotenciario de Estados Unidos e ilustre miembro de la masonería -rito de York-.
La efectividad de las intrigas de Poinsettdio frutosinmediatos. Los simpatizantes del seductor diplomático derrocar a Agustín I.Años despuésuna siguiente generación de seguidores -como Antonio Severino López de Santa Anna y Padúa- operaron como cómplices de Estados Unidos en el gran despojo.
Por su formidable contribución al expansionismo estadounidense el nombre de Poinsett debería figurar en calles, avenidas y monumentos en la Unión Americana.
Curiosamente no es así.
Poinsett representa uno de los secretos mejor guardados de la diplomacia estadounidense.



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