Social: Biocombustibles: el porvenir de una ilusión SOCIAL… ARGOS: MAYO 11 DE 2007…
Por: Atilio Borón Los publicistas e ideólogos del capitalismo celebran lo que es presentado como el descubrimiento de una inesperada fuente de Juvencia: los biocombustibles, destinados a independizarlo de la fugacidad histórica del petróleo y los hidrocarburos y a garantizarle una vida eterna de extravagantes derroches mediante la fabricación de combustibles a partir de productos hasta ahora utilizados para la alimentación de los humanos. El júbilo es compartido por Bush y Lula de manera principal -así como por la mayoría de los gobiernos europeos y algunos del Sur- que se ilusionan con montarse sobre una tendencia que, supuestamente, resolvería para siempre los problemas derivados de las profundas tendencias al ecocidio que caracterizan al capitalismo. Ante tanto entusiasmo es nuestro deber echar una mirada más sobria. Cualquier historiador mínimamente riguroso no tardaría en hallar notables coincidencias entre la exaltación de este momento y la que se registrara en anteriores ocasiones. Señalemos, en aras de la brevedad, otras dos igualmente relacionadas con el descubrimiento de nuevas fuentes de energía: la invención de la máquina de vapor a mediados del siglo dieciocho y la electricidad hacia finales del diecinueve y comienzos del siglo veinte. En ambos casos la aparición de estos nuevos energéticos fueron saludados como la anunciación de una era de ilimitadas posibilidades de desarrollo. Idénticas actitudes proliferaron cuando se desarrolló la tecnología para la utilización del petróleo como fuente energética fundamental a partir de comienzos del siglo veinte. En todos estos casos las ilusiones se desvanecieron con el paso del tiempo, de ahí la oportuna parafrasis del conocido libro de Sigmund Freud, El porvenir de una ilusión. ¿Será diferente esta vez? No parece. En este trabajo trataremos de aportar algunos elementos que nos permitan elaborar un balance realista del asunto. Energía y capitalismo: la “segunda vuelta” de la mercantilización Una discusión como esta no puede hacerse al margen de la caracterización del modo de producción en el cual se va a utilizar, o se utiliza, un determinado energético. Sociedades precapitalistas ya conocían el petróleo que afloraba en depósitos superficiales y lo utilizaban para fines no comerciales, como la impermeabilización de los cascos de madera de las embarcaciones o de productos textiles, o para la iluminación mediante antorchas. De ahí su nombre primitivo: “aceite de piedra” (petróleo), un ventajoso reemplazo del aceite de ballena o las velas de sebo que por entonces se empleaban. Posteriormente se lo utilizó como combustible de las lámparas y sólo a partir de finales del siglo diecinueve -luego de los descubrimientos de grandes yacimientos en Pennsylvania, Estados Unidos, y de los desarrollos tecnológicos impulsados por la generalización del motor de combustión interna- el petróleo se transformó en el energético por excelencia llamado a presidir el paradigma energético del siglo veinte. La peculiaridad del capitalismo es la de ser el único sistema en la historia de la humanidad dominado por una tendencia internamente incontenible hacia la mercantilización de todos los aspectos y componentes de la vida social. Su historia es la historia de la progresiva ampliación del rango de bienes y actividades incorporadas a la lógica mercantil. La energía requerida para el sostenimiento de la vida no escapó a ese destino y, por eso mismo, es concebida como una mercancía más. Tal como lo advirtiera reiteradamente Marx, especialmente en uno de los Prefacios a El Capital, esto no ocurre debido a la perversidad o insensibilidad de este o aquél capitalista individual sino que es consecuencia de la lógica del proceso de acumulación que tiende a la incesante “mercantilización” de todos los componentes, materiales y simbólicos, de la vida social. De este modo, con su implantación hombres y mujeres fueron reducidos a la condición de meros portadores de la “fuerza de trabajo”, una mercancía estratégica e irreemplazable por su papel en la generación de la plusvalía. El proceso de mercantilización no se detuvo en los humanos y simultáneamente se extendió a la naturaleza: la tierra y sus productos, los ríos y las montañas, las selvas y los bosques fueron objeto de su incontenible rapiña. Los alimentos, por supuesto, no escaparon de esta infernal dinámica y, en nuestros días, la entera biodiversidad del planeta se encuentra sometida a esta “ley de hierro” del sistema que lo impulsa, en su afán por garantizar su reproducción, a mercantilizar todo lo existente. Al igual que el Rey Midas, que convertía en oro todo lo que tocaba, el capitalismo convierte en mercancía todo lo que se pone a su alcance. Pero lo novedoso es que hoy nos hallamos en presencia de una “segunda vuelta” de la mercantilización. Si en la primera el capitalismo transformó a los alimentos requeridos para sostener la vida humana en mercancías que deben adquirirse en el mercado, mediante esta “segunda vuelta” se produce una aberrante desnaturalización de aquellos: los alimentos son convertidos en energéticos para viabilizar la irracionalidad de una civilización que, para sostener la riqueza y los privilegios de unos pocos, incurre en una brutal ataque al medio ambiente y a las condiciones ecológicas que posibilitaron la aparición de la vida en la Tierra. Entre ellas, la posibilidad de proveerse de comida. La transformación de los alimentos en energéticos constituye un acto monstruoso mediante el cual se viola la naturaleza misma de un bien, en este caso los alimentos, y se lo convierte, en virtud de complejos procesos tecnológicos, en uno de naturaleza totalmente distinta. Se acentúa de este modo el proceso de alienación, de extrañamiento, del hombre y la mujer con el entorno natural que hizo posible la aparición de la especie humana en este planeta. A la alienación propia de la “primera vuelta” de la mercantilización, aquella por la cual el productor directo fue separado del producto de su trabajo, se añade ahora una segunda que metamorfosea un fruto de la tierra para convertirlo en otra cosa. Así, la caña de azúcar o el maíz dejan de ser alimentos para el consumo humano y se transforman en fuentes energéticas alternativas al petróleo. ¿Quién podría asegurar que, en un futuro tal vez no demasiado lejano, los ideólogos y administradores del imperio no propongan la utilización de seres humanos como fuentes de energía alternativa? Algo de eso quedó siniestramente prefigurado en los campos de exterminio de Hitler. La lógica de la mercantilización universal e incesante del capitalismo nos obliga a ponernos en guardia ante esa posibilidad. En otras palabras, mediante esta “segunda vuelta” de la mercantilización el capitalismo se dispone a practicar una masiva eutanasia de los pobres y, muy especialmente, de los pobres del Sur pues es allí donde se encuentran las mayores reservas de la biomasa del planeta requerida para la fabricación de los biocombustibles. Por más que los discursos oficiales aseguren que no se trata de optar entre alimentos y combustibles la realidad demuestra que esa y no otra es precisamente la alternativa: o la tierra se destina a la producción de alimentos o a la fabricación de biocombustibles. Veremos a continuación algunas de las falacias con que se pretende edulcorar esta mortífera opción y las consecuencias que se derivan de ella. La superficie agrícola no es infinita Los entusiastas defensores del biocombustible dicen que su producción de ninguna manera perjudicará la alimentación de quienes deban producirla. Tanto Bush como Lula lo aseguraron al concretar su alianza energética pocas semanas atrás. Pero la realidad es muy diferente. Examinemos, para ello, los datos que aporta la FAO sobre el tema de la superficie agrícola y el consumo de fertilizantes. (Ver Tabla I en el Apéndice de este trabajo) Las principales enseñanzas que deja esta tabla son las siguientes: a) La superficie agrícola per cápita en el capitalismo desarrollado es casi el doble de la que existe en la periferia subdesarrollada: 1.36 hectáreas por persona en el Norte contra 0.67 en el Sur, lo que se explica por el simple hecho de que la periferia subdesarrollada cuenta con cerca del 80 % de la población mundial. b) Existen, por supuesto, importantes variaciones nacionales detrás de estos grandes promedios. En el caso latinoamericano vemos que países como Argentina, Bolivia y Uruguay se ubican muy por encima de los promedios de los países desarrollados mientras que otros, como Brasil, se encuentra muy levemente por encima de dicho guarismo. Resulta evidente que este país, el pilar más importante en el Sur de la estrategia de los biocombustibles, deberá destinar ingentes extensiones de su enorme superficie selvática y boscosa para poder cumplir con las exigencias del nuevo paradigma energético. Claro está que el daño ecológico global que entrañaría la destrucción de la selva amazónica es de proporciones incalculables, que afectarán no sólo al Brasil sino a toda la humanidad. Pero la superficie disponible para tamaño desatino está allí. [1] c) Especial atención merecen las cifras relativas a la China y la India, que en su conjunto representan alrededor de la cuarta parte de la población del planeta. Con 0.44 y 0.18 hectáreas por persona respectivamente, la expansión de estos dos colosos económicos y su creciente demanda de alimentos va a intensificar extraordinariamente la presión sobre los países con capacidad para producirlos, exasperando la tensión entre asignación de tierras para la producción de alimentos o la producción de bioenergéticos. d) Los dos países más poblados de América Latina, Brasil y México, que en conjunto suman poco más de trescientos millones de habitantes, muestran una magnitud de hectáreas per cápita comparativamente baja habida cuenta su volumen poblacional. e) Un sombrío espejo de lo que le aguarda a nuestros países en caso de prosperar la iniciativa energética Bush/Lula puede observarse en el mundo del Caribe. Las pequeñas naciones antillanas, tradicionalmente dedicadas al monocultivo de la caña de azúcar muestran con elocuencia los efectos erosionantes de la misma, ejemplificado en el extraordinario consumo por hectárea de fertilizantes que se requiere para sostener la producción. Si en los países de la periferia la cifra promedio es de 109 kilogramos de fertilizantes por hectárea (contra 84 en los capitalismos desarrollados), en Barbados es de 187.5, en Dominica 600, en Guadalupe 1.016, en Santa Lucía 1.325 y en Martinica 1.609. Como veremos más abajo, quien dice fertilizantes dice consumo intensivo de petróleo, de modo que la tan mentada ventaja de los agroenergéticos para reducir el consumo de hidrocarburos parece ser más ilusoria que real.
APROVECHAMIENTO DE LA TIERRA y CONSUMO DE FERTILIZANTES (países seleccionados)
Fuente: FAO, Naciones Unidas
Superficie agrícola
Consumo de fertilizantes
per cápita
(ha/persona)
(kg/ha de superficie cultivable)
2001
2001
EN TODO EL MUNDO
0,82
98,3
PAÍSES DESARROLLADOS
1,36
84
PAÍSES EN DESARROLLO
0,67
109
ASIA Y EL PACÍFICO
0,32
163,2
AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE
1,49
84,8
Antigua y Barbuda
0,22
0
Argentina
4,72
25,5
Aruba
0,02
0
Bahamas
0,05
100
Barbados
0,07
187,5
Belice
0,67
72,3
Bermuda
0,02
100
Bolivia
4,34
4,2
Brasil
1,53
115,1
Islas Caimán
0,08
0
Chile
0,99
242,7
Colombia
1,08
254,5
Costa Rica
0,7
568,7
Cuba
0,59
55,3
Dominica
0,31
600
República Dominicana
0,43
89,5
Ecuador
0,63
142,3
El Salvador
0,27
110,9
Guayana francesa
0,14
100
Granada
0,14
0
Guadalupe
0,11
1015,8
Guatemala
0,39
134,5
Guyana
2,28
27,1
Haití
0,19
17,9
Honduras
0,45
141,9
Jamaica
0,2
67,2
Martinica
0,09
1609,1
México
1,07
75,4
Nicaragua
1,34
11,7
Panamá
0,77
53,3
Paraguay
4,4
22,1
Perú
1,2
81,3
Puerto Rico
0,07
0
Saint Kitts y Nevis
0,26
242,9
Santa Lucía
0,13
1325
San Vicente y las Granadinas
0,14
557,1
Suriname
0,21
98,2
Trinidad y Tabago
0,1
144,9
Uruguay
4,43
92
Venezuela
0,88
115,5
PRÓXIMO ORIENTEY ÁFRICA DEL NORTE
1,12
70,9
ÁFRICA SUBSAHARIANA
1,51
12,6
ECONOMÍAS DE MERCADO DESARROLLADAS
1,27
121,3
PAÍSES EN TRANSICIÓN (ex – economías centralmente planificadas)
1,54
30,7
Para resumir: los datos sobre la superficie agrícola mundial desmienten el argumento de los partidarios del etanol y el biodiesel en el sentido de que la producción de dichos elementos no afectará la producción de alimentos. Tal como lo demuestra un reciente estudio la utilización de la totalidad de la superficie agrícola de la Unión Europea apenas alcanzaría a cubrir el 30 por ciento de las necesidades actuales -¡no las futuras, previsiblemente mayores!- de combustibles. Producir apenas el 5.75 por ciento de los agrocombustibles exigidos para combinar con las naftas en fecha próxima requerirá de los países europeos destinar a ese sólo fin el 20 por ciento de la superficie dedicada al cultivo de granos. [2] Lo mismo cabe decir en relación a la economía de los Estados Unidos, puesto que para satisfacer la demanda actual de combustibles fósiles sería necesario destinar a la producción de agroenergéticos el 121 por ciento de toda la superficie agrícola de ese país. [3] Como indica otro estudio, a pesar de destinar una quinta parte de la cosecha de maíz norteamericana a la producción de etanol en el 2006, este esfuerzo apenas si sirvió para suministrar tan sólo el 3% de la demanda de combustible de los Estados Unidos. [4] Tal como lo plantea Miguel Angel Llana, dado que una hectárea “ produce una tonelada bruta de bioetanol o bíodiesel … haciendo una estimación muy generosa, para sustituir el consumo de petróleo y gas necesitaríamos casi cuatro veces (3,91) la superficie mundial dedicada a cultivos y pastos, aunque la mayoría de los suelos no podrían utilizarse por ser inadecuados o de mala calidad. Para centrar el problema, si quisiéramos sustituir sólo el 5 % del consumo de petróleo y gas, necesitaríamos sacrificar el 20 % de la superficie agrícola total de cultivos y pastos, pero si nos referimos sólo a la superficie de cultivos, este 5 % requeriría disponer del 64 % de la tierra cultivable disponible en el mundo.” [5] En consecuencia, la oferta de agrocombustibles tendrá que proceder del Sur, de la periferia pobre y neocolonial del capitalismo. Las matemáticas no mienten: ni los Estados Unidos, ni la Unión Europea, y tampoco la China o la India, tienen tierras disponibles para sostener al mismo tiempo un aumento de la producción de alimentos y una expansión en la producción de agroenergéticos. Lamentablemente, estamos en una situación muy próxima a lo que en teoría de los juegos se denomina de “suma-cero”. Muy próxima porque, es cierto, la deforestación del planeta, sobre todo de su gran reserva amazónica, podría ampliar (aunque sólo por un tiempo) la superficie apta para el cultivo. Pero eso sería tan sólo por unas pocas décadas, a lo sumo. Esas tierras luego se desertificarían y la situación quedaría peor que antes, exacerbando aún más el dilema que opone la producción de alimentos a la de etanol o bíodiesel. Alimentos más caros, para una población mundial que padece el hambre De lo anterior se deduce que la lucha contra el hambre –y hay unos dos mil millones de personas que padecen hambre en el mundo- se verá seriamente perjudicada por la expansión de la superficie sembrada para la producción de agroenergéticos. Los países en donde el hambre es un flagelo universal atestiguarán la rápida reconversión de la agricultura tendiente a abastecer la insaciable demanda de energéticos que reclama una civilización montada sobre el uso irracional de los mismos, cualesquiera que sean sus fuentes, sean estos los hidrocarburos como los alimentos. El resultado no puede ser otro que el encarecimiento de los alimentos y, por lo tanto, el agravamiento de la situación social de los países del Sur. Por eso al comentar la reunión del presidente George W. Bush con los gerentes de las tres más grandes empresas automovilísticas estadounidenses, el Comandante Fidel Castro Ruz decía que, en esa ocasión, “ la idea siniestra de convertir los alimentos en combustible quedó definitivamente establecida como línea económica de la política exterior de Estados Unidos el pasado lunes 26 de marzo” condenando “a muerte prematura por hambre y sed a más de tres mil millones de personas” en todo el mundo. Fidel reconoce, en dicho comentario, que lejos de ser exagerada esta cifra es cautelosa. Además, cada año se agregan 76 millones de personas a la población mundial, personas que, como es obvio, demandarán alimentos que serán cada vez más caros y estarán fuera de su alcance. Se trata, en el fondo, de un genocidio silencioso. Diversos estudios realizados por autores de muy distinta orientación ideológica abonan esta interpretación. Así, en México, la reorientación de los cultivos de maíz para su exportación hacia los Estados Unidos para la fabricación del etanol ocasionó un desorbitado aumento en el precio de ese producto, ingrediente esencial de la tortilla, la principal fuente de alimentación de la población mexicana. Lester Brown, de The Globalist Perspective, pronosticaba hace menos de un año que los automóviles absorberían la mayor parte del incremento en la producción mundial de granos en el 2006. De los 20 millones de toneladas sumadas a las existentes en el 2005, 14 millones se destinaron a la producción de combustibles y sólo 6 millones de toneladas para satisfacer la necesidad de los hambrientos. Este autor asegura que el apetito mundial por combustibles para los automóviles es insaciable. Dijo además que “los granos requeridos para llenar con biocombustibles un tanque de unos 95 litros de gasolina servirían para alimentar a una persona durante un año. Los granos requeridos para llenar ese mismo tanque cada dos semanas durante un año alimentarían a 26 personas.” Se prepara, concluía Brown, un escenario en el cual deberá necesariamente producirse un choque frontal entre los 800 millones de prósperos propietarios de automóviles y los consumidores de alimentos.
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