Hace 43 años este mes fue asesinado en Dallas, Texas, el presidente de la nación más poderosa del mundo. El magnicidio y las circunstancias de la época turbulenta en que tuvo lugar pudieron haber desembocado en un holocausto. Apenas en años recientes, con la apertura de expedientes secretos, comenzamos a tomar conciencia de lo cerca del aniquilamiento que estuvo la humanidad.
Pero eso se supo mucho después. Kennedy era particularmente querido en nuestro país. Su carisma, su aire de hombre abierto, inteligente, amistoso y compasivo; su catolicismo y la belleza radiante de su esposa Jacqueline, ganaron el corazón del pueblo. Cuando visitó la Ciudad de México para inaugurar el conjunto habitacional construido con fondos de la Alianza para el Progreso y que luego llevaría el nombre de “Unidad Kennedy”, la muchedumbre que le dio la bienvenida no fue inferior en número y entusiasmo a la que años después recibiría al Papa. Y cuando los Kennedy se arrodillaron ante el altar de la Guadalupana a rezar, el pueblo jubiloso rezó con ellos. El día en que asesinaron a John F., mexicanos de todas las condiciones lloraban en las calles.
Como todo político tuvo un lado oculto. El gobierno de Kennedy vivió la guerra fría y estuvo signado por constantes conflictos en los que México corrió grave peligro. La fracasada invasión a Cuba en abril de 1961 y la “crisis de los misiles” en la isla en agosto de 1962, pusieron al mundo al borde de la guerra nuclear. Durante 13 días (magistralmente recuperados en la cinta homónima de Kevin Costner) nuestro país fue el territorio en el que las dos potencias dirimirían sus diferendos.
Un actor poco estudiado de aquellos conflictos fue la prensa. Con el tiempo, personajes clave reconocieron que si el gobierno estadounidense no hubiese estado preso en el pantano del secreto de Estado y la prensa hubiese tenido mayor acceso a la información y más capacidad de acción, operativos que sólo trajeron descrédito al gobierno de Kennedy, como el desembarco militar en Playa Girón, se hubiesen evitado.
Cuando la CIA tuvo a punto el operativo para llevar a fuerzas anticastristas a Cuba en 1961, el gobierno de Kennedy presionó al New York Times para detener la información y “no poner sobre aviso al dictador”. El diario acató y quedó una mancha en el honor de la casa. Un año después el episodio se repitió casi sobre las mismas líneas cuando el rotativo se aprestaba a publicar anticipadamente los pormenores de una posible operación militar contra las bases de misiles colocadas por la URSS en la isla caribeña, que finalmente no pasó de la mesa de escenarios posibles.
El Presidente norteamericano era de los persuadidos de que son los medios y no los hechos que los medios reportan, los causantes de los descalabros políticos, y creía que en el manejo de informaciones delicadas los editores deben preguntarse si se compromete la seguridad nacional antes de publicarlas.
Pero al fin hombre inteligente y estadista verdadero, hubo de reconocer su error. En 1966 durante una reunión en la Casa Blanca dijo al director ejecutivo del Times, Turner Catledge: “Si ustedes hubiesen publicado más sobre la operación, nos hubiesen salvado de un error colosal”. Un año más tarde el Presidente le confió algo parecido al propietario del diario, Orvil Dryfoos: “Ojalá hubiesen publicado todo sobre Cuba”.
Kennedy era un maestro del medio electrónico y lo utilizaba para equilibrar las noticias de los medios impresos. Su secretario de prensa, Pierre Salinger, pensaba que junto con las cadenas de televisión, las agencias noticiosas eran la herramienta más poderosa puesto que tenían un efecto multiplicador sobre cientos de otros medios.
Además de propalar informaciones favorables a la política de la administración, esta mecánica tenía otro fin estratégico. En aquellos años de guerra fría y constantes crisis, las comunicaciones en general y las diplomáticas entre la URSS y los EUA en particular no tenían la agilidad que hoy conocemos. Los comunicados oficiales entre el Kremlin y la Casa Blanca podían demorar días en los canales normales, mientras que gracias a las cadenas y a las agencias el Presidente se hacía escuchar rápidamente en la nación y en el mundo.
Esto fue de particular importancia durante la llamada “crisis de los misiles”, puesto que los soviéticos monitoreaban la radio, televisión y prensa estadounidense y los norteamericanos Radio Moscú, Tass y Pravda. Así lo recordó Salinger: “Hubo momentos de desesperación durante la crisis de los misiles cubanos, cuando las comunicaciones entre JFK y Jruschev se demoraban horas debido a la total insuficiencia de los canales diplomáticos. Decidimos enviar las declaraciones de JFK directamente a las redes y los servicios de cables, sabiendo que Moscú estaba monitoreando nuestras frecuencias de radio y los cables informativos y recibiría los mensajes con horas de anticipación. Jruschev hizo lo mismo con Radio Moscú y Tass y la aceleración de las comunicaciones muy bien pudo ser un factor para impedir la escalada de la crisis”.
Esta necesidad de la comunicación instantánea fue la razón del rápido acuerdo tras la crisis cubana para instalar un “teléfono rojo” entre Washington y Moscú.
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