Publicado por Son de tambora-La iniciativa de comunicación.

Introducción

Ya en 1918 el Presidente Woodrow Wilson había enunciado escuetamente la noción del "desarrrollo", por cierto tutelado, pero hasta la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) se hablaba de la evolución de los países mas bien en términos de avance desde el "atraso", caracterizado por la "primitividad" y la miseria con sus penosas secuelas, hasta el "progreso", caracterizado por la "civilización" y la prosperidad que traía aparejado el bienestar. Sólo un puñado de países, en su mayoría americanos del norte y europeos, se hallaban entonces en situación de progreso y, por lo general, se suponía que los demás países también irían llegando hasta tal estado. ¿Cómo habrían de hacer eso? Aparentemente lo harían de un modo providencial, tal vez lento pero presumiblemente natural e ineluctable. Les bastaría con "dejar pasar y dejar hacer" y, si acaso, empeñarse en imitar a los progresados ciegamente y al máximo posible. Aunque el colonialismo prevalecía ostensiblemente aún, no había conciencia clara, ni menos admisión pública, de que no pocas de las naciones que más habían progresado en el mundo lo habían hecho, en alguna medida, a expensas del atraso de las demás. Y tampoco se prestaba real atención a la opresora inequidad vigente dentro de cada país atrasado en desmedro de la mayoría de la población.

Sólo cerca del final del primer quinquenio de la era post Hiroshima surgió con firmeza en el mundo la noción de "desarrollo" como sustituto de la de "progreso". Optar por el desarrollo significaba a la sazón no dejar librado el avance hacia la prosperidad y el bienestar al azar "leseferista" y limitarse a la inacción providencialista sino prever y organizar racionalmente la intervención estatal activa para lograr pronto el mejoramiento sustantivo de la economía con apoyo de la tecnología a fin de forjar el adelanto material.

Tal transición provino en gran parte de la experiencia ganada por los Estados Unidos de América, en los campos de batalla y en la vida civil de retaguardia, en aquella segunda contienda bélica mundial y en la postguerra inmediata con el aprendizaje cobrado por dicho país altamente "desarrollado" al auxiliar, financiera y técnicamente, a las naciones perdedoras ? Alemania, Italia y Japón ? en su proceso de reconstrucción y rehabilitación.

A fines de la década de 1940 el Gobierno de los Estados Unidos de América cobró conciencia de que los numerosos países "subdesarrollados" que habían sido miembros de la alianza contra los países que constituyeran el eje nazifascista que desató la guerra merecían un apoyo semejante al que ya estaba brindando a éstos. El Presidente Harry Truman anunció en 1949, en el cuarto punto de un discurso de catorce, la creación de un programa internacional de asistencia, técnica y financiera, para el desarrollo nacional que llegaría a conocerse como el del "Punto Cuarto". Y se estableció para ejecutarlo el organismo que ahora se conoce como Agencia de los Estados Unidos de América para el Desarrollo Internacional (USAID).

El programa proporcionaba a los gobiernos, incluyendo desde luego a los de Latinoamérica, apoyo para ampliación y mejoramiento de infraestructura de caminos, vivienda, electricidad, agua potable y alcantarillado. Por otra parte, estableció con dichos gobiernos servicios cooperativos de agricultura, salud y educación a partir del inicio de la década de 1950. Comprendiendo que la acción pro desarrollo en estos campos requería provocar por persuasión educativa cambios de conducta tanto en funcionarios como en beneficiarios, incluyó en cada uno de esos servicios sociales una unidad dedicada a la información de apuntalamiento a los fines del respectivo sector. Y esta medida llegaría a constituir una de las raíces mayores de la actividad que sólo varios años después iría a conocerse como "comunicación para el desarrollo".

¿Cómo llegó a constituirse y a operar esa disciplina profesional en Latinoamérica? A gentil invitación de los organizadores del tercer congreso panamericano de comunicación, el autor del presente texto se empeñará en dar la más sucinta respuesta posible a esta interrogante mediante una descripción analítica, a manera de testimonio en visión panorámica de algo mas de medio siglo, por parte de un actor y observador de ese proceso.

EN EL PRINCIPIO FUE LA PRÁCTICA

La práctica, ciertamente, antecedió a la teoría. Surgió entre el último tercio de la década de 1940 y el primero de la de 1950 al impulso de tres iniciativas precursoras: dos nativas de la región y una de origen foráneo.

Las Radioescuelas de Colombia

En Sutatenza, una remota aldea andina, el párroco Joaquín Salcedo se valió ingeniosamente de la radio para llegar a brindarle a los campesinos apoyo mediante la comunicación masiva educativa a fin de fomentar el desarrollo rural. Creó la estrategia de las "radioescuelas" que consistía de audición, mediante receptores a batería, en pequeños grupos de vecinos de programas especialmente producidos para ellos. Lo hacían auxiliados por guías capacitados que los instaban a aplicar lo aprendido a la toma de decisiones comunitarias para procurar el mejoramiento de la producción agropecuaria, de la salud y de la educación. O sea: recepción ? reflexión ? decisión ? y acción colectivas. Así, gradualmente, fue naciendo la agrupación católica Acción Cultural Popular que, al cabo de poco más de una década, abarcaba a todo el país e inclusive cobraría resonancia internacional. Apoyada por el gobierno colombiano y por algunos organismos internacionales, ACPO llegó a contar con una red nacional de ocho emisoras, con el primer periódico campesino del país, con dos institutos de campo para formación de líderes y con un centro de producción de materiales de enseñanza.

Las Radios Mineras de Bolivia

Unos veinte años antes de que Paulo Freire propusiera devolver la palabra al pueblo, se la tomaron en Bolivia paupérrimos trabajadores indígenas empleados en la extracción de minerales. Resueltos a comunicarse mejor entre sí y a dejarse oír por sus compatriotas en español y en quechua, estos sindicalistas establecieron por sí solos ? con cuotas de sus magros salarios y sin experiencia en producción radiofónica ? pequeñas y rudimentarias radioemisoras autogestionarias de corto alcance. Las emplearon democráticamente instaurando en forma gratuita y libre la estrategia de "micrófono abierto" al servicio de todos los ciudadanos. Si bien daban énfasis a información y comentarios sobre sus luchas contra la explotación y la opresión, hacían sus programas no sólo en socavones, ingenios mineros o sedes sindicales, sino también en escuelas, iglesias, mercados, canchas deportivas y plazas, así como visitando hogares. Así llegaron pronto a operar como "radios del pueblo". Al término de la década de 1950 habían logrado formar una red nacional de alrededor de 33 emisoras portadoras de la "vox populi", algunas de las cuales serían más tarde objeto de violenta represión gubernamental.

Extensión Agrícola, Educación Sanitaria y Educación Audiovisual

Como ya se lo indicó en la introducción de este documento, surgieron en Latinoamérica entre fines de los años del 40 y principios de los del 50 servicios públicos en agricultura, educación y salud copatrocinados por los gobiernos de Estados Unidos de América y de los de la región. Los órganos de comunicación de estas entidades estaban dedicados, respectivamente, a "información de extensión agrícola", "educación sanitaria" y "educación audiovisual", esta última concentrada en establecimientos escolares. La primera tenía por misión la de convertir la información científica y técnica para el mejoramiento de la producción agropecuaria en información de educación no formal al alcance de la comprensión del campesinado carente entonces, en proporción elevada, de alfabetización; para ello apuntalaba con recursos de contacto interpersonal a los agrónomos que actuaban como "agentes de extensión" residentes en comunidades rurales y se valía complementariamente de medios masivos, principalmente radio, folletos y carteles. La segunda estaba cifrada principalmente en el empleo de procedimientos de contacto personal, individual y en grupos, para ampliar el alcance y profundizar el impacto de mensajes instructivos para el cuidado de la salud pública; en lo masivo recurría a cartillas y carteles, especialmente para campañas. Y la tercera se esmeraba en aplicar a la enseñanza en aula estrategias pedagógicas innovadoras cifradas principalmente en el uso de técnicas audiovisuales, como la grabación radiofónica, la fotografía y la cinematografía. Esos tres ejercicios de comunicación para el desarrollo contaban con algunos manuales didácticos y, aunque en forma aún elemental, trataban de racionalizar y optimizar las intervenciones educativas haciendo lo posible por darles orientaciones estratégicas. Pero no contaban aún para ello con capacidad de investigación científica y, de otra parte, carecían de fundamentación teórica integral y sustantiva.

ADVIENE LA TEORÍA

Tampoco dispusieron de aquéllas los emprendimientos pioneros de Colombia y Bolivia.

En efecto, la teorización se inició aproximadamente diez años después de que la práctica comenzara. Y lo hizo en Estados Unidos de América.

Lerner: Del Tradicionalismo a la Modernidad

En 1958 el sociólogo del Instituto Tecnológico de Massachussetts, Daniel Lerner, publicó un estudio realizado con datos de medio centenar de países sobre la extinción de la "sociedad tradicional" para dar paso a la "modernización" de ella. Verificó la existencia de clara y estrecha correlación entre el desarrollo nacional y la comunicación social. Halló que esa transición se daba en las siguientes etapas: urbanización (aparejada con industrialización); participación de la gente en la comunicación masiva; alfabetismo; y participación en política. Propuso que las funciones de la comunicación en tal proceso eran estas: (1) crear nuevas aspiraciones; (2) apuntalar el crecimiento del nuevo liderazgo para el cambio social; (3) fomentar una mayor participación de los ciudadanos en las actividades de la sociedad; y (4) enseñar a ellos "empatía", la aptitud para "ponerse en el pellejo del prójimo". Y sostuvo, en resumen, que la comunicación era a la vez inductora e indicadora de cambio social.

Rogers: Difusión de Innovaciones

En 1962 Everett Rogers, sociólogo rural de Iowa que se afincaría en la Universidad del Estado de Michigan, divulgó su teoría de la difusión de innovaciones como motor de la modernización de la sociedad. Definió a la innovación como una idea percibida como nueva por un individuo y comunicada a los demás miembros de un sistema social. Afirmó que para que la innovación fuera lograda la conducta tenía que pasar por estas etapas: percepción; interés; evaluación; prueba y adopción. Añadió que la difusión de la innovación dependía de la tasa de adopción de ella. Y comprobó que los innovadores eran, en general, aquellos que poseían elevados índices de ingreso, educación, cosmopolitismo y comunicación. Advirtió que en el principio del proceso sólo había unos pocos adoptantes y al final unos cuantos no resultaban adoptantes pero, a la mitad del período, la mayoría de las personas se hacían adoptantes, si bien muy lentamente. Y encontró que en cada una de las etapas del proceso la comunicación cumplía papel clave por vía de diversos medios.

Schramm: Creación de un Clima para el Cambio

En 1964 Wilbur Schramm, comunicólogo de la Universidad de Stanford, publicó un trascendental estudio sobre comunicación y cambio en los países "en desarrollo". Percibiendo a la comunicación masiva como "vigía", "maestra" y "formuladora de políticas", estipuló en detalle un conjunto de papeles de ella en la atención de las necesidades de la gente en cuanto al desarrollo. Sostuvo que éstas eran: (1) estar informada de los planes, acciones, logros y limitaciones del esfuerzo pro desarrollo; (2) hacerse partícipe del proceso de toma de decisiones sobre asuntos de interés colectivo; y (3) aprender las destrezas que el desarrollo les demanda dominar. Al cumplir aquellas funciones, los medios de comunicación configuraban, señaló Schramm, una atmósfera general propicia a la consecución del cambio social indispensable para lograr el desarrollo. La divulgación mundial de ese planteamiento suyo, con apoyo de la UNESCO, contribuyó a hacer de este investigador y periodista el sumo sacerdote de la comunicación para el desarrollo.

Derivadas en parte de esas teorías estadounidenses principales, tenderían a prevalecer en Latinoamérica estas percepciones:
La "comunicación de apoyo al desarrollo" es el uso de los medios de comunicación ? masivos, interpersonales o mixtos ? como factor instrumental para el logro de las metas prácticas de instituciones que ejecutan proyectos específicos en pos del desarrollo económico y social.

La "comunicación de desarrollo" es la creación, gracias a la influencia de los medios de comunicación masiva, de una atmósfera pública favorable al cambio que se considera indispensable para lograr la modernización de sociedades tradicionales mediante el adelanto tecnológico, el crecimiento económico y el progreso material.

En 1966 otro investigador y catedrático del Massachussets Institute of Technology (MIT), Ithiel de Sola Pool, delineó un perfil de la personalidad del hombre moderno y sostuvo que los medios de comunicación eran capaces de inducir a la gente a adquirir las características del mismo principalmente en tres maneras: (1) forjando en las mentes de las personas imágenes favorables al desarrollo entendido como modernidad; (2) fomentando en ellas la consolidación o la formación de una conciencia de nación; y (3) estimulando la voluntad de planificar y de actuar en un vasto escenario.

Y en 1967 Lerner y Schramm publicaron una compilación de las ponencias presentadas a un seminario internacional que ellos habían organizado dos años antes en Hawaii sobre la "comunicación y el cambio social en los países en desarrollo". Alcanzando sin demora amplia circulación internacional, este texto ? junto con nuevos aportes de Rogers ? llegó a constituirse en otra pieza básica de la naciente literatura del ramo.
La práctica de la comunicación para el desarrollo aplicando los formatos operativos de origen estadounidense aquí mencionados se confirmó en la segunda mitad de la década de 1950 y, consolidándose, crecería en variedad e intensidad desde mediados de los años del 60. Fue tan amplia, diversa e intensa que su trayectoria en la región no resulta resumible aquí. Pero debe anotarse que contribuyó a ello sustantivamente el apoyo de organismos bilaterales como los del Gobierno de Estados Unidos de América y el de los gobiernos de países europeos como Alemania y Holanda. Además, organismos multinacionales de escala mundial como la FAO, la UNESCO, la OPS, el UNICEF y el PNUD y, en el acápite regional, la OEA, especialmente por medio del Instituto Interamericano de Ciencias Agrícolas (IICA), hicieron también importantes aportes, así como los hicieron fundaciones privadas como la Rockefeller, la Kellog y la Ford.

LA COMUNICACIÓN ALTERNATIVA EN ACCIÓN

La estrategia colombiana de las radioescuelas fue difundiéndose sin mayor demora en la región. En efecto, por ejemplo en Bolivia ya a mediados de la década del 50 surgió la primera emisora de ese tipo en una zona rural poblada por indígenas aimaras: Radio Peñas. Para mediados de la década del 60, con el patrocinio no impositivo de la Iglesia Católica, el número de tales emisoras, mayormente campesinas, había crecido en el país al punto de hacer necesaria su agrupación en la red cooperativa llamada Escuelas Radiofónicas de Bolivia (ERBOL). Y ella había empezado a incorporar a su arsenal estratégico la figura de los "reporteros populares", voluntarios de localidades rurales a los que se capacitaba como sus corresponsales. Al principio de la década del 70, apartándose ya un poco del enfoque propiciado por ACPO, con apoyo de la Asociación Latinoamericana de Escuelas Radiofónicas, (ERBOL) comenzó a reorientar sus labores, en concepción y en forma, para favorecer una educación integral y participativa identificada con la equidad y la democracia. Y a partir de 1980 dicha red cuatrilingüe de alcance nacional, manejada con amplia intervención indígena, asumiría un compromiso con la lucha de los pobres y los marginados tan franco que provocaría a veces coerción y hasta represión gubernamental contra algunas de sus operaciones.

Era lógico que la comunicación protagonizada por el pueblo recurriera preferencialmente a la radio por ser el medio de menor costo de equipamiento y de mayor facilidad de operación, así como el de más amplio alcance. Por eso los latinoamericanos fueron creando estrategias de uso pro-democrático de dicho medio, especialmente desde principios de los años del 70. Una sobresaliente fue la denominada "cassette foro rural" creada en Uruguay por Mario Kaplún; era un recurso sencillo pero muy útil para propiciar el diálogo a distancia entre agricultores cooperativistas. Otra fue la de las "cabinas radiofónicas", puestos de grabación y contacto establecidos en territorio campesino por un sacerdote de Latacunga, Ecuador, para dar a los pobladores capacitados la oportunidad de enviar desde ellos mensajes a una emisora central que los divulgaba. También se distinguieron en otros valiosos ejercicios de radio popular comunicadores de Perú, México, República Dominicana, Nicaragua y Cuba, que combinó programas radiofónicos con visitas a escuelas y hogares por brigadas de capacitación en salud y educación. Por otra parte, Colombia y México estuvieron entre los países que se valieron de la radio como instrumento de apoyo a la instrucción formal en aula.
El Salvador apoyó a esa enseñanza por medio de la televisión Y México llegó a establecer una red de canales dedicada a respaldar programas de desarrollo rural, además de ensayar el empleo de la telenovela para educación no formal sobre salud reproductiva.

En Brasil grupos de audaces periodistas crearon la estrategia de la "prensa nanica" (en miniatura) conformada por pequeños periódicos, casi clandestinos, como singular expresión de resistencia del pueblo a las dictaduras castrenses.

En Perú un emprendedor maestro de escuela, Miguel Azcueta, promovió en Villa El Salvador, un barrio limeño muy pobre sobrepoblado por emigrantes campesinos indígenas, la conformación gradual de un sistema de múltiples medios alternativos. Ellos comenzaron con periódicos murales y boletines en mimeógrafo, apelaron luego a altoparlantes y al cine en sitios públicos, usaron la radio y llegarían un día a contar hasta con su canal de televisión.

Y ya a principios de los años del 50 comenzó a perfilarse en Bolivia un "cine junto al pueblo", primordialmente indigenista, con documentales de Jorge Ruíz y Jorge Sanjinés que ganarían varios lauros internacionales y contribuirían a sentar algunas de las bases para lo que años más tarde iría a ser el "Movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano".

Festivales de música y de bailes, ferias, pancartas, teatro callejero, concursos y funciones de títeres fueron otros de los procedimientos empleados en varios países de la región para decir lo que los grandes medios masivos no decían.

¿CUÁL DESARROLLO Y PARA QUIÉN?

Desde fines de los años del 40 se implantó en Latinoamérica, junto con la asistencia técnica y financiera de Estados Unidos de América, el modelo de desarrollo en vigencia en aquel país y en los de Europa Occidental. Adoptado con ciego optimismo por los Gobiernos de América Latina, iría a ser aplicado sin vacilación ni ajustes. Pero ya a principios de los años del 60 comenzaron a registrarse claros indicios de inoperancia de aquel paradigma; los gobernantes no les prestaron atención.

A mediados de esa década surgió, en cambio, un movimiento regional de economistas y científicos sociales que inició el cuestionamiento crítico a aquel modelo. Planteó una denuncia y propuesta que dió en llamarse "Teoría de la Dependencia". Destacó la pronunciada y perjudicial injusticia que prevalecía en el intercambio comercial de bienes y servicios entre la región y Estados Unidos de América. Venderle barato materias primas y comprarle caro productos manufacturados producía un déficit crónico y creciente para los latinoamericanos. Por eso sostuvo que sólo cambiando esa estructura de dependencia podría haber desarrollo efectivo y verdaderamente democrático. Y un importante estudio internacional, el Informe Pearson, le dió la razón. Pero nadie escucharía esas tempranas voces de advertencia. Y así lo que llegaría a ocurrir fue que, en vez de haber desarrollo, el subdesarrollo se iría acentuando obstinada y peligrosamente.

A principios de la década de 1970 el fracaso del modelo foráneo impuesto se hizo muy evidente. Una crisis de la actividad petrolera internacional tuvo consecuencias sumamente graves en la economía de Latinoamérica de las que ella no pudo defenderse como lo hicieron los países desarrollados.

Vulnerable por causa de su extrema dependencia de Estados Unidos de América, la región vio ya a mediados de la década bajar rápidamente sus tasas de crecimiento y le resultaría inevitable hacer recortes en los gastos públicos, afectando como siempre a los más desamparados. Para cubrir los déficits acumulados por obra del inequitativo régimen de intercambio mercantil, los gobiernos latinoamericanos tuvieron que aumentar su deuda externa a plazos de amortización más cortos y con tasas de interés más altas. Pero el modelo de desarrollo causante de más subdesarrollo quedó en vigor en la región.

En 1973 propuse entender al desarrollo como "un proceso dirigido de profundo y acelerado cambio sociopolítico que genere transformaciones sustanciales en la economía, la ecología y la cultura de un país a fin de favorecer el avance moral y material de la mayoría de la población del mismo en condiciones de dignidad, justicia y libertad."

Temprano también en esa década el distinguido comunicólogo paraguayo, Juan Díaz Bordenave, planteó formular un "modo de desarrollo diferente del emanado del capitalismo liberal y del comunismo estatal y proponer a nuestros pueblos un socialismo democrático de bases comunitarias, autogestionarias y participativas."

En 1974 la Declaración de Cocoyoc, emitida en México, constituyó un manifiesto político regional que formuló bases para un desarrollo más humano, equitativo y democrático.

En 1975 la Fundación Daj Hammarskjöld (Suecia) presentó a Naciones Unidas una propuesta de un modelo mundial para "otro desarrollo" que tenía como premisa fundamental el cambio estructural para la desconcentración del poder.

En 1976 un equipo multidisciplinario organizado en Argentina por la Fundación Bariloche planteó al cabo de un año de estudio, con apoyo canadiense por conducto del Centro Internacional de Investigación para el Desarrollo (CIID), un "Modelo Latinoamericano Mundial" para forjar por cambio estructural una nueva sociedad cifrada en la equidad, en la plena participación del pueblo en la toma de decisiones y en la protección del medioambiente.

Y también en 1976, en una singular revisión de sus convicciones, el ilustre investigador estadounidense de la comunicación para el desarrollo, Everett Rogers, pronosticó "la extinción del paradigma dominante" aludiendo al modelo clásico de desarrollo. En argumentación de ocho puntos de severa crítica al mismo, se sumó a los precursores cuestionamientos y proposiciones de latinoamericanos, cuya influencia sobre la modificación de su pensamiento en la materia reconocería luego públicamente con franqueza e hidalguía ejemplares.

Ningún gobierno prestó atención a proposiciones como éstas y así el subdesarrollo antidemocrático siguió en pié. En efecto, a la altura de 1978 la situación en Latinoamérica era de aumento del desempleo, salarios más bajos y precios más altos y aguda inflación. El 40% de las familias cayó a niveles de pobreza crítica mientras las élites conservadoras se enriquecían más. Y el autoritarismo seguía sojuzgando al pueblo.

EL DECENIO DE FUEGO

Como se lo ha señalado hasta aquí, la década de 1970 fue trascendental en América Latina en cuanto a procurar el cambio de la situación, en múltiples sentidos, en favor del pueblo. Centenares de personas se empeñaron en incrementar y mejorar la práctica de nuevos formatos comunicativos. Y varios estudiosos de la comunicación, a la par con hacer proposiciones para el cambio del modelo de desarrollo, se esmeraron en renovar la teoría sobre ella.

En efecto, al empezar esa década, una pléyade de bien documentados analistas académicos comenzó a producir en varios países de la región una importante literatura de protesta y de propuesta que ventiló en debates en ella y, mas tarde, inclusive fuera de ella. Denunció al mismo tiempo la dependencia de Latinoamérica de potencias foráneas y la dominación interna de las mayorías empobrecidas por la minorías enriquecidas, tanto en términos de la comunicación como en los del desarrollo.

Rebeldes con causa, no desaforados radicales, esos jóvenes investigadores y docentes propusieron soluciones integrales y medidas de cambio profundas por las vías del consenso y de la legalidad. Y dieron aportes cruciales a emprendimientos internacionales, principalmente los propiciados entonces por la UNESCO como el de la formulación de "Políticas Nacionales de Comunicación", comenzando por brindar bases conceptuales de ellas y esta definición que me tocó proponer a fines de 1971 en París: "Una política nacional de comunicación es un conjunto integrado, explícito y duradero de políticas parciales de comunicación armonizadas en un cuerpo coherente de principios y normas dirigidos a guiar la conducta de las instituciones especializadas en el manejo del proceso general de comunicación de un país".

La UNESCO organizó en 1974 en Bogotá la primera reunión de expertos en tales políticas que se realizaba en el mundo. Esos pensadores latinoamericanos forjaron un rico conjunto de consideraciones, conclusiones y recomendaciones. Aunque extraoficialmente, su informe iría a servir como plataforma para las deliberaciones de la Primera Conferencia Intergubernamental sobre Políticas Nacionales de Comunicación en América Latina patrocinada también por la UNESCO en San José de Costa Rica en 1976. Ella llegó a realizarse pese a la dura y tenaz oposición de las agrupaciones interamericanas de propietarios y directores de medios de comunicación masiva que hallaban cualquier proposición normativa opuesta a la libertad de expresión. A pesar de ese hostigamiento empresarial, la reunión logró cumplir su cometido. Desembocó en la Declaración de San José, que vino a constituir una suerte de credo oficial de la comunicación alternativa para la construcción democrática. Y produjo 30 recomendaciones específicas para el establecimiento, por cada país de la región, de sus políticas mediante un consejo nacional pluralista, así como unas cuantas propuestas para acciones cooperativas regionales. Sin embargo, la presión obstructiva del sistema empresarial sobre el sistema político sería tan fuerte que ni siquiera en los tres países cuyos gobiernos se organizaron post San José para efectuar los cambios acordados ? Venezuela, Perú y México ? resultó posible establecer las políticas. Y así la anomia favorable al "status quo" antidemocrático prevalecería infortunada e indefinidamente...

Lo que vino a encender, al mismo tiempo, las llamas de una controversia mundial fue la proclamación por el Movimiento de los Países No Alineados, con liderazgo principalmente yugoeslavo y árabe, primero de un "Nuevo Orden Internacional de la Economía" y luego de un "Nuevo Orden Internacional de la Información (NOMIC)". Ambas propuestas provocaron el áspero y enconado rechazo por parte de los países desarrollados firmemente resueltos a mantener intacta su expoliatoria hegemonía.

Varios autores latinoamericanos hicieron valiosas contribuciones a la reflexión sobre el tema. Pero la única institución social que se hizo eco de sus inquietudes fue la Iglesia Católica, no los partidos, ni los sindicatos, ni las agrupaciones profesionales. En el último tercio de la década del 70 el ácido debate llegó hasta los mayores foros gubernamentales internacionales: la Asamblea General de Naciones Unidas y la Conferencia General de la UNESCO.

La salida transaccional que pudo lograr la UNESCO para poner fin a la virulenta confrontación fue la creación de la Comisión McBride, que presentó en 1980 su informe final a la Asamblea General de dicho organismo. A pesar de su naturaleza necesariamente conciliatoria por haber sido obtenida por consenso apaciguador, este trascendental documento acogió en gran parte el pensamiento renovador y justiciero de la comunicación como herramienta de democracia. Pero, lamentablemente, el impulso transformador de los países no alineados no lograría pasar de la enunciación a la acción. La resistencia de los países desarrollados al cambio se probó abrumadora y paralizante. Y así vino a quedar guardado en la nevera del tiempo el sueño del cambio justiciero ...